5/06/2013

Abyss Walker. (Preludio)

La espesa bruma, toxica, de tres humeantes cigarrillos, que reposaban en el cenicero de sobre el mesón, le daba náuseas, mientras que las eléctricas melodías que invadían la pequeña habitación le recordaba que aún estaba vivo. Pero el cómo terminó en ese lugar luego de pasar desapercibido por todo el mundo que lo rodeaba era algo que no comprendía. La confusión en sus sentidos al tratar de recordar los minutos anteriores al momento de despertar, debido a las fuertes vibraciones de las guitarras eléctricas en la planta baja del lugar en donde se encontraba, le producía un fuerte dolor de cabeza. Tanteó con sus manos la plenitud de su cráneo para cerciorarse de que el dolor no se tratara de algún golpe que desconocía, y se tranquilizó al descubrir que no había sido golpeado por aquellos que aún se encontraban en frente de él, protegidos por las tinieblas y la ruidosa banda que en otras habitaciones tocaba.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó al recuperar parte de sus fuerzas y comprender que estaba encadenado en una esquina de la oscura habitación. Pero no halló respuesta de las tres personas que conversaban en la mesa de centro, frente a él, como si no les afectase el alto volumen de la música para poder comprenderse.
—¡¿Quiénes son ustedes?! —gritó, creyendo que la vez anterior no lo habían escuchado preguntar.
—Cállate, ya te escuchamos la primera vez —respondió una fuerte voz dominante, que por el tono pertenecía a un hombre: claramente el líder de los tres sujetos, a su entender.
La fuerza de la voz del hombre, que hasta hizo pasar a un segundo plano las fuertes melodías de los músicos de la planta baja, le obligó a guardar silencio, otra vez, y tratar de recordar el cómo llegó a esa situación y a ese lugar. Pero su mente era un caos y solo pudo recordar que esa tarde había salido con su mejor amigo, como cada noche de viernes, a beber a un bar en el centro de la capital. “David”, pensó con preocupación al recordar que esa noche no estaba solo.
—¿David, estás aquí? —consultó palpando en las tinieblas hasta que las cadenas le impidieron continuar.
Oyó una fría risotada como respuesta, del mismo hombre, cuando la música en la planta baja se detuvo.
—¿Qué le han hecho? —increpó a sus captores tratando de zafarse de las cadenas—. Respondan malditos, ¿Qué le han hecho a David?
—No estás en posición de pedir respuestas —respondió un segundo hombre de voz sugestiva y frívola, agarrándolo de sus largos cabellos y lanzándolo contra el muro.
El dolor del fuerte golpe le dio la seguridad de que no se trataba de un sueño, pero la distancia que él podía deducir entre su posición y la mesa, en la que se encontraban sus captores, era de aproximadamente siete metros; un tramo imposible de recorrer en lo que demoró su captor en lanzarlo contra el muro y el chillido generado por la silla al volver a sentarse.

La música se había detenido por completo y ya podía escuchar parte de la conversación, en realidad quería saber qué le había pasado a su amigo, pero lo poco que alcanzó a entender de la conversación de sus captores, hacía referencia a un cuarto hombre, al verdadero líder, que decidiría su destino.
Mientras los hombres se intoxicaban en tabaco, y él trataba de no vomitar por el olor, la puerta de la habitación se abrió dejando entrar un haz de luz que bañó el pálido rostro de uno de sus captores.
—Mi señor Tyries —dijo el tercer hombre con una voz sumisa y curvando el cuerpo en reverencia.
—¿Es él? —consultó con indiferencia tanto al demacrado prisionero como a la reverencia de sus secuaces.
—Así es, mi señor.
—Retírense, yo me encargaré de esto.
Sin decir otra palabra los tres hombres se retiraron, tras una segunda reverencia, cerrando la puerta y dejando la habitación, nuevamente, en la más absoluta oscuridad.

—Dime tu nombre —ordenó con una voz más fría que la de sus sirvientes.
—¿Qué le ha pasado a David? —consultó con odio, tratando de ver el rostro de su captor.
—Lo maté —respondió con regocijo—. Ahora, dime tu nombre.
La confesión acrecentó su odio y se lanzó en contra de la silueta que alcanzaba a reconocer en la oscuridad, siendo detenido por las cadenas de sus brazos.
—¡Bastardo asesino! —rugió con su rostro enardecido en ira—. ¡Te matare!
Una fuerte y arrogante risotada fue lanzada por su raptor.
—Tienes agallas, muchacho —dijo desprendiendo las cadenas del muro al tirarlas con una mano—. ¿Puedes cumplir con tus palabras, o llorarás como lo hizo tu amigo? 
Al darse cuenta que había sido liberado, tomó las cadenas, que colgaban de sus muñecas como armas, y lanzó un golpe horizontal a la silueta, delante de él.
—¡Buen golpe! —exclamó Tyries, entre risotadas, apoyando su rostro en los hombros del muchacho, desde sus espaldas—. Si hubiese estado en ese lugar me hubiese dolido.
El joven, sin darse por vencido, movió su cuerpo y lanzó un codazo hacia sus espaldas sin poder asestar su golpe.
—Creo que eso también sería doloroso —continuó, con su arrogancia, ya de pie en el otro extremo de la habitación. Y activó el regulador de la luz en baja potencia—. ¿Te es más fácil pelear de este modo?
La tenue luz de las lámparas, posicionadas en cada muro de la habitación, le dejo ver la verdadera distancia entre él y la mesa, en la cual aún estaba encendido un cigarrillo sobre el cenicero y dos armas de fuego junto a éste. Tyries se encontraba en el lugar más distante, al otro extremo de la habitación, vestido con finos ropajes, aparentemente de seda y un abrigo de terciopelo color negro. Enfocándose en las armas que estaban en la mesa, corrió a toda su velocidad para poder tomarlas.
—¡Qué predecible! —dijo Tyries, sin intentar detenerlo, con una sonrisa en el rostro.
Ya con las armas empuñadas apuntó directo al cuerpo de su raptor.
—¿Crees que con eso será suficiente? —continuó, sin prestar mayor importancia a las armas—. ¿No has pensado en cuántos hombres armados hay en el lugar?
—Tú me sacarás de este lugar maldito —dijo caminando hasta tocar con la punta de un arma la cabeza del hombre de rasgos nórdicos—, y luego te mataré.
La sonrisa de Tyries era inmutable, pese a ser apuntado con un arma en su frente, no perdía la arrogancia en su rostro ni en sus palabras.
—Esto se tornó aburrido —dijo, aseriando su rostro.
—Dime ¿Dónde está David?
—Ya te lo dije, lo maté.
La frialdad de sus palabras le hicieron olvidar por completo la situación en la que se encontraba, y la oportunidad de escapar con vida de aquel lugar; y sin poder controlarse percutó a quema ropa en la cabeza de su captor. Tyries, con una celeridad sobrehumana tomó al joven de las cadenas, por la espalda, haciendo que éste descargase las armas contra los muros de sus costados. 
—¿Aún piensas poder matarme?
El joven, todavía sorprendido por fallar un tiro a quema ropa y sintiendo cómo los huesos de sus hombros se dislocaban, por la presión ejercida por su captor, continuó maldiciendo a Tyries hasta que sus huesos se quebraron.
—Es doloroso ¿no? —dijo Tyries, dejándolo caer—. Es un gozo de la vida, deberías aprovecharlo: te hace sentir… vivo.
El muchacho, tendido con sus dos brazos rotos, dejó escapar una frenética risotada y comenzó a propinar un sin fin de insultos, sin sentido, hasta que detuvo su desvarío poniéndose en pie solo con las fuerzas de sus piernas.
—Maldito demonio —dijo—. Crees que temo tu presencia y que lloraré suplicando por mi vida. ¡Estás equivocado!  —rugió lanzando un nuevo cadenazo, balanceando su torso y dándole potencia con su hombro— . He pasado mi vida entera temiendo por los que alguna vez creí más fuertes: me he entrenado y he comprendido que la verdadera fuerza se mantiene en el interior. Pero tú, maldito demonio, eres distinto a los estúpidos que creen que me harán bajar a su nivel —continuó, sin dejar de lanzar latigazos con las cadenas que colgaban de sus inertes brazos.
Tyries, sin poder ocultar la dicha que la actitud del muchacho le daba, esquivó cada golpe sin problemas y se acercó hasta estar frente a frente con el joven.
—Eres interesante: luchas con más fuerza cuando tus brazos han sido quebrados, y cuando no has podido asestar un disparo teniendo la oportunidad. Te dejaré vivir hasta que tu orgullo se someta a mis fuerzas y ruegues con lágrimas en los ojos por el consuelo de la muerte —finalizó, tomando al joven de su abultada cabellera, y presionándolo contra el muro, incrustó las cadenas en su posición original.
—No me conoces, maldito demonio —respondió, luego de escupir el rostro de su captor—. No caeré en tu juego y cuando salga de este lugar vendré por ti y por tus infames legiones.
El odio en sus palabras no hizo más que aumentar el éxtasis en Tyries, quien, simplemente, desapareció de la habitación dejando solo un mensaje que retumbó en los muros y los oídos del cautivo:
“Eres mi presa mortal”.

4/26/2013

Ojos en la oscuridad



La noche había comenzado a perecer, las horas de diversión ya estaban extintas. El local en el cual había pasado las últimas cinco horas, disfrutando de estridentes ruidos eléctricos y de una que otra dosis de alcohol y tabaco, ya se encontraba cerrado. Los guardias del lugar se habían encargado de sacar hasta al último de los que en el local estaban al finalizar la fiesta. Yo era uno de ellos, y como el resto me adentre a vagar por las oscuras y despobladas calles del centro de Santiago. En otras noches, y con mucha frecuencia, hacia el mismo recorrido en compañía de uno que otro amigo, o conocido que me topaba en el lugar, pero esa noche nadie me acompañaba, solo la luna y la gélida sensación de una calle antigua y despoblada, a esas horas, en una madrugada invernal.
Deambulé por varios minutos en compañía de extraños que parecían caminar junto conmigo, refugiado en la multitud de túnicas negras que se alejaban del local. Hasta hallarme solo en una de las calles que más disfruto de esta ciudad. Concha y Toro, se encontraba desolada, mis pasos tronaban al chocar el pequeño taco de mis botas, militares, con los adoquines que constituían la callejuela, solo un furtivo y escaso viento, con características antárticas, desequilibraba mi tranquilad. Debía hacer tiempo hasta que abrieran las puertas del metro: unas tres horas aproximadamente. Y refugiarme del frio que pese a mis múltiples ropajes me lograba estremecer, de vez en cuando.
Vagué, y recorrí una y otra vez las mismas calles, las mismas de cada fin de semana, las mismas que me refugiaban en mi soledad. La soledad de sus muros y el frio aliento de sus sollozos de silencio. Descansé mi cuerpo en la estructura de la fuente principal, que hermosa y entristecida lloraba sus gélidas aguas sin cesar.
—Solo un cigarrillo —pensé—, solo uno para estas dos horas de espera.
Quise guardarlo para un mejor momento, pero el frio y la solemnidad de aquella desolada esquina, de arquitectura agónica y olvidada, merecían reposar mis vicios en mi descanso para continuar el peregrinaje, sin rumbo, de cada vez.
Disfruté de mis vicios, intoxicando mi cuerpo y despejando mis oscuros pensamientos, como si ante un libro en blanco estuviese y en mis soledades recite, sin lógica u objeto alguno, como cada vez que la inspiración llega a mis recuerdos, como cada vez que la vuelvo a ver. Pero no la vi, solo la sentí, junto a mí con su gélida tempestad: con su lúgubre oscuridad y cálidos sentimientos, como antes de morir.
—La muerte —pensé—, añorada, temida y esquiva amiga. Ser sin forma y miles a la misma vez. Cuando  ha de ser el día en que me leas y viajes fugaz a mi lecho de descanso diario, o a una esquina de hostiles calles poblacionales, o en un hermoso terreno santo, o hasta estas calles que cada vez escuchan mis tristes lamentos.
Hablando solo con el viento; el cual me respondió:
—¿Crees que ya es el momento?
La sorpresa a estas palabras alertó mis sentidos con una frenética búsqueda de la persona dueña de esa voz ronca, fría y dominante, que me respondió.
—Así es, querido viento —dije, en risotadas leves desde mi rostro—. No temo a la muerte, ni la espero ni eludo.
—pues yo la evito cada día.
Se oyó una voz desde mis espaldas.
Giré mi torso, como acto reflejo, y vi ante mí a un hombre: de ojos negros abismales, profundos hasta los infiernos; de cuerpo alvino, lechoso y cadavérico; su cabello danzaba ante el fino viento, tan delgado y lustroso, como extensiones efímeras del aura sobrenatural. Analice sus vestimentas: ceda y terciopelo en un fino labrado de sastre, con decoraciones plateadas y colores rojo y negro.
—También descansas es estas calles —consulté al deducir que se trataba de otro gótico, más excéntrico que yo.
—Desde siempre lo he hecho. Este es mi hogar, el único que recuerdo… al menos.
Su voz sutil, distinta a la de su primera pregunta, llego a mis oídos clavándose en mi mente.
—En mi caso es distinto —dije—. No soy de esta zona, mas sí de esta ciudad, pero siempre llego a estas callejuelas que añoro sean mi hogar.
—Lo sé —respondió—. Te he visto en otras veces fumando y recitando al viento, pero es la primera vez que añoras la muerte.
—No la añoro: ya te lo dije —respondí, como si desde siempre le conociese, alzando mi vista a los cielos—. Solo que es más inoportuna de lo que debiese.
—De otra forma no sería la muerte ¿no lo crees?
—Perdería su significado de “fin” —respondí, para adentrar mi mente a la profundidad de su pregunta.

El silencio se hizo en un momento, cuando la fría jornada comenzaba a declinar. Pero su suave voz volvió en forma de pregunta.
—¿Crees que la muerte se puede eludir, o tal vez ella puede olvidarte y aislarte de su listado?
Su pregunta turbó mi mente y tomé mi tiempo para responder.
—Ya sea un hecho científico o un factor espiritual a todo ser le llega su momento; eludirla no es opción para cualquier criatura que habite en esta tierra, esa no sería mi opción. —Pensé, para continuar—. Pero no puedo imaginar un ser tan bueno, considerando que la muerte sea un castigo, o tan malvado como para que, ella, le aísle de los próximos reinos. Deduzco que no existe forma de burlar al destino, menos a la muerte.
Su mirada, tan oscura como aquella noche que ya declinaba ante el majestuoso sol, se sentía melancólica: sumida en pesares que solo el podía sobrellevar.
—lo mismo pensaba en mis tiempos, muchacho —dijo, apoyando su huesuda mano, marmolea, en mi hombro y comenzó a caminar—. Aun no es tu tiempo, joven amigo. En un futuro nos volveremos a encontrar.
Tras sus palabras desapareció, sin dejar indicios de en qué dirección, con tal celeridad que me fue imposible despertar de mi sorpresa hasta que el sol segó mi vista con su brillo intenso.