Desde los siniestros sepulcros de mis memorias, fluyentes en verso y prosa, he aquí mis sueños.
4/26/2013
Ojos en la oscuridad
La noche había comenzado a perecer, las horas de diversión ya estaban extintas. El local en el cual había pasado las últimas cinco horas, disfrutando de estridentes ruidos eléctricos y de una que otra dosis de alcohol y tabaco, ya se encontraba cerrado. Los guardias del lugar se habían encargado de sacar hasta al último de los que en el local estaban al finalizar la fiesta. Yo era uno de ellos, y como el resto me adentre a vagar por las oscuras y despobladas calles del centro de Santiago. En otras noches, y con mucha frecuencia, hacia el mismo recorrido en compañía de uno que otro amigo, o conocido que me topaba en el lugar, pero esa noche nadie me acompañaba, solo la luna y la gélida sensación de una calle antigua y despoblada, a esas horas, en una madrugada invernal.
Deambulé por varios minutos en compañía de extraños que parecían caminar junto conmigo, refugiado en la multitud de túnicas negras que se alejaban del local. Hasta hallarme solo en una de las calles que más disfruto de esta ciudad. Concha y Toro, se encontraba desolada, mis pasos tronaban al chocar el pequeño taco de mis botas, militares, con los adoquines que constituían la callejuela, solo un furtivo y escaso viento, con características antárticas, desequilibraba mi tranquilad. Debía hacer tiempo hasta que abrieran las puertas del metro: unas tres horas aproximadamente. Y refugiarme del frio que pese a mis múltiples ropajes me lograba estremecer, de vez en cuando.
Vagué, y recorrí una y otra vez las mismas calles, las mismas de cada fin de semana, las mismas que me refugiaban en mi soledad. La soledad de sus muros y el frio aliento de sus sollozos de silencio. Descansé mi cuerpo en la estructura de la fuente principal, que hermosa y entristecida lloraba sus gélidas aguas sin cesar.
—Solo un cigarrillo —pensé—, solo uno para estas dos horas de espera.
Quise guardarlo para un mejor momento, pero el frio y la solemnidad de aquella desolada esquina, de arquitectura agónica y olvidada, merecían reposar mis vicios en mi descanso para continuar el peregrinaje, sin rumbo, de cada vez.
Disfruté de mis vicios, intoxicando mi cuerpo y despejando mis oscuros pensamientos, como si ante un libro en blanco estuviese y en mis soledades recite, sin lógica u objeto alguno, como cada vez que la inspiración llega a mis recuerdos, como cada vez que la vuelvo a ver. Pero no la vi, solo la sentí, junto a mí con su gélida tempestad: con su lúgubre oscuridad y cálidos sentimientos, como antes de morir.
—La muerte —pensé—, añorada, temida y esquiva amiga. Ser sin forma y miles a la misma vez. Cuando ha de ser el día en que me leas y viajes fugaz a mi lecho de descanso diario, o a una esquina de hostiles calles poblacionales, o en un hermoso terreno santo, o hasta estas calles que cada vez escuchan mis tristes lamentos.
Hablando solo con el viento; el cual me respondió:
—¿Crees que ya es el momento?
La sorpresa a estas palabras alertó mis sentidos con una frenética búsqueda de la persona dueña de esa voz ronca, fría y dominante, que me respondió.
—Así es, querido viento —dije, en risotadas leves desde mi rostro—. No temo a la muerte, ni la espero ni eludo.
—pues yo la evito cada día.
Se oyó una voz desde mis espaldas.
Giré mi torso, como acto reflejo, y vi ante mí a un hombre: de ojos negros abismales, profundos hasta los infiernos; de cuerpo alvino, lechoso y cadavérico; su cabello danzaba ante el fino viento, tan delgado y lustroso, como extensiones efímeras del aura sobrenatural. Analice sus vestimentas: ceda y terciopelo en un fino labrado de sastre, con decoraciones plateadas y colores rojo y negro.
—También descansas es estas calles —consulté al deducir que se trataba de otro gótico, más excéntrico que yo.
—Desde siempre lo he hecho. Este es mi hogar, el único que recuerdo… al menos.
Su voz sutil, distinta a la de su primera pregunta, llego a mis oídos clavándose en mi mente.
—En mi caso es distinto —dije—. No soy de esta zona, mas sí de esta ciudad, pero siempre llego a estas callejuelas que añoro sean mi hogar.
—Lo sé —respondió—. Te he visto en otras veces fumando y recitando al viento, pero es la primera vez que añoras la muerte.
—No la añoro: ya te lo dije —respondí, como si desde siempre le conociese, alzando mi vista a los cielos—. Solo que es más inoportuna de lo que debiese.
—De otra forma no sería la muerte ¿no lo crees?
—Perdería su significado de “fin” —respondí, para adentrar mi mente a la profundidad de su pregunta.
El silencio se hizo en un momento, cuando la fría jornada comenzaba a declinar. Pero su suave voz volvió en forma de pregunta.
—¿Crees que la muerte se puede eludir, o tal vez ella puede olvidarte y aislarte de su listado?
Su pregunta turbó mi mente y tomé mi tiempo para responder.
—Ya sea un hecho científico o un factor espiritual a todo ser le llega su momento; eludirla no es opción para cualquier criatura que habite en esta tierra, esa no sería mi opción. —Pensé, para continuar—. Pero no puedo imaginar un ser tan bueno, considerando que la muerte sea un castigo, o tan malvado como para que, ella, le aísle de los próximos reinos. Deduzco que no existe forma de burlar al destino, menos a la muerte.
Su mirada, tan oscura como aquella noche que ya declinaba ante el majestuoso sol, se sentía melancólica: sumida en pesares que solo el podía sobrellevar.
—lo mismo pensaba en mis tiempos, muchacho —dijo, apoyando su huesuda mano, marmolea, en mi hombro y comenzó a caminar—. Aun no es tu tiempo, joven amigo. En un futuro nos volveremos a encontrar.
Tras sus palabras desapareció, sin dejar indicios de en qué dirección, con tal celeridad que me fue imposible despertar de mi sorpresa hasta que el sol segó mi vista con su brillo intenso.
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